Un buen comienzo

Seis de la mañana. Los despertadores comienzan a sonar convocándonos a la cita que tenemos con el Camino de Santiago. Poco a poco, el silencio nocturno va dando paso a la algarabía de los preparativos para salir al camino. Nervios, ilusión, entusiasmo y algo de sueño en la mirada. Todo listo.

Tras la oración inicial en torno al tema de las dificultades del Camino, comenzamos a dar los primeros pasos hacia Santiago de Compostela. Parece que cuesta al principio, pero progresivamente el ritmo se hace más vivo. Salimos de Ribadeo y nos adentramos en un paisaje de película.

Altos eucaliptos van reguardando nuestros pasos. En el horizonte, una imponente montaña que nos hace sentirnos pequeños. Si miramos atrás, podemos despedirnos del Cantábrico. Tanta belleza nos abruma.

Sin embargo, tras varias horas caminando, llega el tiempo del silencio. Todos los miembros del grupo empezamos a compartir entonces el camino sólo desde la presencia. Estando los unos con los otros, pero enmudeciendo ante el misterio del que camina contigo. En silencio todo se vuelve contemplación.

Se intensifican los sonidos que antes eran desapercibidos: tomamos conciencia del viento que nos empuja, de los pájaros que nos estimulan con su música, de los árboles que nos aplauden con sus hojas para animarnos en la siguiente cuesta. Todo se vuelve a favor desde el silencio.

Y comienza así otro camino en paralelo al de Santiago: el que va hacia el interior de cada uno. De este modo, mientras se avanza por el sendero de tierra, a la vez se desciende a las profundidades del corazón.

En este momento ya hasta el corazón comienza a tener agujetas. Las cuestas, los 30 kilómetros que nos separan de Lorenzana, el calor, el barro… todo, empieza a ir apagando la energía inicial. Algunos del grupo empiezan a hacerse compañeros de otro peregrino: el dolor. ¿Llegaremos? ¿Tendremos suficientes fuerzas?

La comitiva sigue avanzando, no sin pararse varias veces para tomarse un respiro. ¿Cuánto queda? Esta es la encerrona de la propia vida: hay veces en las que ya no se encuentran fuerzas para seguir adelante, pero tampoco hay marcha atrás. En este momento, sólo ayuda tener la determinada determinación de seguir adelante. Y de este modo, los kilómetros se van quemando.

Queda una última cuesta. El sol decide unirse a la expedición, para reforzar la dureza del Camino. Haciendo de tripas corazón, iniciamos el ascenso. Sólo con este esfuerzo logramos admirarnos de la belleza que se puede contemplar desde lo más alto. Así llegamos al albergue de la localidad de Lorenzana.

Nos recibe Ana, una hospedera humilde, servicial, cercana. Su hospitalidad da paso a uno de los mejores momentos del día: la ducha. A continuación una comida que, por tener tanta hambre, la disfrutamos el doble. Piscina, paseo o siesta: tres formas de descansar a gusto del consumidor.

Puesto que no hay posibilidad de unirnos a la Misa de la parroquia, puesto que no hay, decidimos celebrarla en la terraza del albergue. Con clima muy familiar, la Eucaristía se convierte en el momento más especial del día.

Una cena ligera y un tiempo para curar ampollas o seguir el partido son las actividades previas al descanso nocturno. Mañana, de nuevo, el despertador iniciará su repiquete a las 6 en punto para expulsarnos de los sacos. Ahora, de nuevo, todo calla. Sólo el silencio sonoro se oye.

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