Ante los imprevistos, buena cara

Penúltimo día de caminata: toca una etapa corta y sencilla. Los despertadores y la gente comienzan a sonar a las 6 de la mañana, después de una dura noche donde podías oir los ronquidos del vecino. Todo listo y preparado a las 6:30.

Comienza nuestro trayecto, no sin antes desayunar una buena napolitana acompañada de zumo y café. Llegan las 7 y empezamos la etapa. Vemos cómo salimos todos los peregrinos a la misma hora y comenzamos a caminar a un ritmo considerable para llegar a una hora apropiada; no como los días anteriores. Llegan las 10 y tras la hora de silencio se busca un lugar donde parar y almorzar, aunque ya se sabe que cuando se busca algo, desaparece de repente.

Tras 20 minutos, lo encontramos y reponemos fuerzas a la vez que vemos pasar peregrinos. En el momento en que invitas a compañeros que has conocido durante el trayecto, te das cuenta de que has creado lazos con desconocidos, que son cortos, pero intensos. Retomando la marcha y tras una hora y media más de caminata y un encontronazo con unas chicas, compañeras del albergue del  principio de esta larga experiencia, llegamos a Arca o Pedrouzo (todavía no sé cómo nombrarlo). Vamos hacia el albergue donde nos hospedamos, pero a nuestra llegada parece ser que hay algunos problemas con la reserva y el espacio. Tras duras negociaciones y un trato mejorable, tomamos una gran decisión: hacer mas kilometraje y hospedarnos en el Monte do Gozo. Después de la comida retomamos la marcha hacia nuestro nuevo destino. Dos de nosotros viajamos en taxi hasta el nuevo albergue, dado que nuestros cuerpos no podían aguantar otra caminata. Cuando llegamos, me encuentro con la oportunidad de practicar mi inglés, y, pensando en el trabajo extra que hacen mis compañeros, yo también decido, pese a mis heridas de guerra, dar lo mejor de mí.

Pasan las horas y lo único que puedo hacer es mandarles mensajes de ánimo con la preocupación de lo que les pueda pasar. Entre tanto, sigo practicando mi ingles con los voluntarios del albergue. Pasan 4 horas y decido ir a la puerta a esperar. Empiezan a llegar mis compañeros en dos grupos no muy separados entre sí. Se les ve cansados, pero con un ánimo como si hubieran acabado de salir. Tras la ducha nos preparamos para celebrar la eucaristía. Por casualidad me topé con una muchacha muy maja, a la cual le invité a celebrar la eucaristía con nosotros. Quizás el ambiente le gustó, porque nos ha acompañado toda la noche. Tras esto, encontramos dónde cenar: una cena juntos con muchas risas y un muy buen rollo. Al final, en la reflexión, nos damos cuenta de que a pesar de los problemas del día, unidos todos podemos con todo.

 

_Nuestro_ camino de Santiago

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